Aunque debiéramos ser nuestros mejores amigos, muchas veces, somos nuestros peores enemigos. Somos nuestros peores críticos, y no precisamente de la crítica constructiva. Es aquí donde debilitamos nuestra autoestima.
La autoestima es la autovaloración que hacemos de nosotros mismos, de los aspectos de nuestra personalidad, nuestras actitudes y nuestras habilidades. Es una valoración subjetiva, ya que se basa en nuestra autopercepción y en aspectos emocionales.
Nuestro lenguaje interior, en forma de pensamientos es un importante regulador de nuestra conducta y, por supuesto, de nuestra autoestima. Son esos auto-mensajes que nos vamos dando y esas valoraciones que vamos haciendo de nosotros mismos y de nuestro entorno y, ¡cómo no!, de nosotros mismos en relación con nuestro entorno. Son esas conversaciones con nosotros mismos, a veces tan rápidas y automáticas, que casi ni somos conscientes de que las estamos teniendo.
Son estos pensamientos negativos, en forma de voz interior, los que muchas veces se convierten en una voz crítica, y de las destructivas.
Hace años ya, empezando en esta profesión leí un gran manual sobre Autoestima, que hoy sigo utilizando y recomendando: Autoestima. Evaluación y Mejora (Matthew McKay & Patrick Fannin). Da un nombre que me gustó a este lenguaje interior, cuando se convierte en crítica negativa hacia nosotros mismos: la crítica patológica.
No sólo creo que acierta con el nombre, sino también cuando señala nuestro error de base: creernos de manera automática nuestros pensamientos. Caemos en el pensamiento mágico de “si algo viene muchas veces a mi cabeza será que es verdad”. Además, como muchos de estos pensamientos autocríticos los llevamos escuchando en nuestra cabeza tanto tiempo, parecen una verdad absoluta.
La realidad es que, muchos de ellos, ni nos hemos parado a cuestionárnoslos. Vienen a mi mente de manera automática, me generan malestar y me hacen bloquearme y actuar mal, o ni siquiera actuar.
Pongamos un ejemplo: Ana tiene una entrevista de trabajo, ella cree que es torpe al hablar y que no se expresa bien. De camino a la entrevista los auto-mensajes que se va dando son: “Voy a explicarme mal; no voy a recordar los conceptos importantes; se van a dar cuenta de que no hablo bien en público”. Este diálogo consigo misma, tan negativo, le va generar mucho malestar e inseguridad, y claro, lo más probable es que, efectivamente, se exprese con inseguridad. Aquí tenemos la profecía auto-cumplida de la que ya hablamos anteriormente.
Pero volviendo a la autocrítica patológica, ¿se ha cuestionado realmente Ana esa creencia de ser incapaz de expresarse bien? Probablemente haya buscado muchas pruebas, pero enfocadas a apoyar su crítica, no a cuestionarla.
Os animo a cuestionaros vuestras autocríticas patológicas. No es que seamos perfectos y sólo estemos llenos de virtudes, pero nuestros defectos y/o debilidades, que haberlos haylos en todos nosotros, deben tener una forma más realista y menos destructiva y generalizadora.
Puede ser que Ana no tenga entre sus mayores virtudes o fortalezas el don de la palabra pero, probablemente, no sea algo tan general; a lo mejor sólo le sucede al hablar de ciertos temas o en ciertos círculos, a lo mejor y, es más, muy probablemente, su dificultad de expresión no sea tan extrema.
Como en el ejemplo de Ana, muchos de nuestros defectos pueden mejorar, incluso desaparecer. Ella puede trabajar en su miedo a expresarse y en cómo expresarse. Pero el mensaje que se da a sí misma la paraliza. Si cambia ese auto-mensaje por un “puedo mejorarlo”, intentará mejorarlo y se moverá, no sólo hacia el crecimiento y el cambio, sino también, hacia un mejor enfrentamiento de sus situaciones más temidas.
Además, muchas de nuestras debilidades quedan equilibradas con otras de nuestras fortalezas o virtudes. Que Ana no es la mejor oradora del mundo, pero ojo, que hace unos análisis financieros de miedo y trabaja fenomenal en equipo.
Cierto es que hay cosas de nosotros mismo que no nos gustan y no podemos cambiar. Es el caso, por ejemplo, de algunas cosas de nuestro aspecto físico: si mido 1,50, mido 1,50; podré ponerme tacones, pero mido 1,50. Pero fijaos, no es lo mismo decirme a mí misma “mido 1,50 y me gustaría medir más” que decirme “soy una enana y un tapón”. El primer mensaje es realista y nada destructivo, sólo tengo que aprender a aceptarme y darle la importancia justa a mi altura. En el segundo mensaje me hago daño, me devalúo y, lejos de aceptarme, voy minando mi autoestima.
Así que, dejemos de ser tan destructivos con nosotros mismos y empecemos a querernos más. La cuestión no es auto-engañarse, sino aceptar ciertos aspectos de nosotros mismos y trabajar en mejorar otros.














