A lo largo del día podemos llegar a sentirnos de muy diversas maneras: alegres, tristes, optimistas, preocupados, entusiasmados, enfadados, satisfechos, etc. Como ya comentamos en un post anterior, nuestra manera de pensar e interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor, influye en nuestra manera de sentir (véase “Cómo influyen nuestros pensamientos en cómo nos sentimos”).
A simple vista resulta difícil caer en la cuenta de cuáles son los pensamientos que pasan por nuestra cabeza para sentir de una determinada manera. La causa de esta dificultad reside en el hecho de que muchos de estos pensamientos son automáticos.
Por ejemplo, al sentir frustración, no se elige voluntariamente dicha emoción; sin embargo, ésta se encuentra directamente relacionada con un pensamiento automático negativo. Es decir, se interpreta la situación que se está viviendo como contraria a los propios deseos y necesidades, por no ser capaz de conseguir lo que se quiere. Como consecuencia, se desencadena la emoción de la frustración. Por tanto, resulta más sencillo ser consciente de la emoción que del propio pensamiento automático negativo que la está produciendo. De ahí la importancia de darle a las emociones el valor que les corresponde.
Entonces, ¿para qué sirven las emociones? En primer lugar, nos ponen en contacto con el mundo real. Si aprendemos de ellas, pueden resultar una herramienta muy útil a la hora de establecer un equilibrio entre nuestro mundo interno y la realidad que nos rodea. Además, puesto que las emociones son la huella que dejan los pensamientos, resulta de suma importancia detectarlas e identificarlas para poder comprender cuáles son los pensamientos que están tras ellas. Así, posteriormente, podremos regularlas y modificar dichos pensamientos con la intención de disminuir su nivel de distorsión.
Por ello, no resulta adecuado huir de las emociones que consideramos negativas o desagradables; ya que todas, sin excepción alguna, aparecen para informarnos de cómo nos está afectando la realidad y de cómo la estamos interpretando. Por tanto, de entrada, cualquier emoción es útil y necesaria. La clave no está en rechazarlas ni en intentar evitarlas, sino en permitir que aparezcan, lograr conectar con ellas, y escucharlas. Cuando una emoción nos ha informado de cómo estamos viendo el mundo que nos rodea, ha cumplido su función. Es entonces, cuando resulta necesario aprender a controlarla y regularla con el objetivo de que no se desborde y pierda su utilidad. A esto lo llamamos regulación emocional.
En resumen, la capacidad para regular una emoción es la clave para poder manejarla de forma adecuada. Ello implica tomar conciencia de la estrecha relación que existe con el pensamiento al que está asociada.










