En este post queremos acercaros a una realidad que todos hemos experimentado en algún momento de nuestra vida. Se trata de la profecía autocumplida, también conocida como el Efecto Pigmalión (creer que algo puede suceder, nos lleva a conseguir que suceda).
El término Efecto Pigmalión tiene su origen en la mitología griega; Pigmalión era un escultor que se enamoró perdidamente de una escultura y, por obra de Afrodita, ésta se convirtió en una mujer real. Origen mitológico aparte, dicho así de simple suena casi a magia. Pero si lo analizamos desde perspectivas psicológicas, tiene su base y su fundamento muy alejado de la magia y, cómo no, de la mitología.
Nuestras creencias no dejan de ser pensamientos que nos generan emociones y sentimientos y éstos, a su vez, nos llevan a actuar de determinada manera. Veámoslo con un ejemplo típico: “Sé que en esa fiesta me hablará poca gente y no lo pasaré bien”. ¿Cómo hace sentir esa creencia o pensamiento? Mal: ansioso, temeroso, avergonzado… Y, ¿cómo se desenvolverá esta persona en la fiesta pensando y sintiéndose así? Pues, probablemente, se muestre seria, cabizbaja, y se sitúe en una esquina de la fiesta. Hablará con poca gente y se divertirá poco. Esta persona volverá de la fiesta diciendo: “¿ves? ya sabía yo que me hablaría poca gente y no lo pasaría bien”. Sin ser consciente de que su creencia le ha llevado a actuar en la dirección de lograr lo que temía que ocurriese.
Si esta persona hubiera creído que iba a pasarlo bien, y que iba a tener conversaciones con la gente, las probabilidades de que esto sucediese habrían aumentado significativamente. Es decir, su comportamiento habría ido dirigido a esa meta o propósito. Nuestros pensamientos y creencias dirigen nuestra conducta hacía propósitos o metas.
Las profecías autocumplidas no sólo existen en negativo, también existen en positivo. Hay estudios muy interesantes, como el realizado en 1968 por los psicólogos Rosenthal y Jacobson con profesoras. Se comunicó a las maestras que había un grupo de alumnos con más altas capacidades y mayor pronóstico de éxito que otros.
Les pasaron el listado (sin saber que los nombres habían sido asignados al azar a cada grupo) y, comprobaron a final del curso, e independientemente de sus capacidades reales, que el grupo de altas capacidades realmente habían aumentado su capacidad. Así, se comprobó que el profesorado había dedicado más atención durante el curso a este grupo. Consiguieron que las expectativas «creadas» para que ese grupo fuera de altas capacidades, finalmente lo fuera.
Este fenómeno también es posible verlo a nivel socio-económico; por ejemplo, ante la predicción de catástrofes naturales. La difusión por parte de los medios de un posible desabastecimiento de alimentos en los supermercados, provoca una oleada de acopio masivo de alimentos por parte de la población (por lo que pudiera pasar), produciendo un desabastecimiento real de ciertos productos.
En resumen, nuestras creencias o expectativas son un importante motor de movimiento de nuestras conductas hacia nuestras metas. Podemos generar expectativas positivas realistas, una predisposición positiva, que aumente nuestra probabilidad de acercarnos a nuestros propósitos.











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