La procrastinación (del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro), postergación o posposición es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables. O familiarmente conocido como el arte de aplazar.
Hay personas que son unas artistas en esto de aplazar tareas, decisiones o situaciones. Pero no todas las personas que tienen esta tendencia de comportamiento lo hacen por los mismos motivos.
Para ello veamos los tipos de procrastinación y, por tanto, de procrastinadores que existen:
Están los que procrastinan por evitación. Evitan enfrentarse a la tarea, decisión o situación por miedo a las consecuencias o al resultado. Normalmente hay de fondo una baja autoestima y un gran miedo al fracaso. Un ejemplo del procrastinador por evitación sería esa persona que aplaza hacer el informe porque no está seguro de si lo hará suficientemente bien, o el que no llama a esa chica que le gusta porque le da miedo recibir un no por respuesta y lo va dejando pasar día tras día…etc.
Están los que procrastinan por exceso de confianza. Algo así como el tipo contrario al anteriormente mencionado. Un exceso de confianza de ser capaz de terminarlo a tiempo o de solucionarlo en el último momento. ¿Quién no ha conocido a alguien de los de “yo hasta el último día no estudio, que es cuando mejor estudio, con la presión”?
Y por último, están los procrastinadores por indecisión. Los que no empiezan o no terminan la tarea buscando la mejor opción. Estas personas suelen ser muy perfeccionistas o tener mucha inseguridad sobre sus capacidades. Como dudo sobre si va ser mejor este gimnasio o este otro, al final lo voy dejando y no me apunto a ninguno.
Un factor muy relacionado con la procrastinación es la baja motivación. En tareas que parecen poco atractivas o más aburridas o que no les despiertan mucho interés, el aplazamiento es mucho más probable. A menos motivación, más probabilidad de procrastinación. A quien tener desordenada su mesa de trabajo no le genere malestar, aplazará ponerse a ordenarla y organizarla día tras día, encontrando cosas más “importantes” que hacer.
Algo muy común en las personas procrastinadoras es la auto-justificación, especialistas en buscarse excusas para no empezar la tarea, o no enfrentarse a la situación que tienen delante, o aplazar tomar una decisión. Es más, conseguirán «darle la vuelta a la tortilla», es decir, pueden convencerse y pueden convencer a cualquiera de que la procrastinación es la mejor opción.
La realidad es que postergar las decisiones, la tareas o las situaciones, muchas veces, les genera un alivio a corto a plazo al no tener que enfrentarse a la “presión” que les supone pero, a medio y largo plazo, la ansiedad se incrementa y aparecen las complicaciones. Además, por mucho que intenten auto-convencerse, o intenten no pensarlo, en el fondo les asaltan preocupaciones sobre aquello que no están haciendo o enfrentando; por lo que la angustia no desaparece del todo. Está todo el rato de fondo, y tienen que “luchar” constantemente por evitar esos pensamientos y preocupaciones.
Los procrastinadores sufren muchas consecuencias de su inacción o aplazamiento: retrasos, incumplimientos de plazos, agobios, estrés, angustia, metas no alcanzadas y oportunidades perdidas. Y esto acaba generándoles más malestar que el que inicialmente evitaron.
No olvidemos que no hacer nada también es hacer. Así que, el aplazamiento nunca es una solución. Hay que aprender a ser resolutivos y enfrentar las tareas y decisiones cuando corresponde.













