Una de nuestras pacientes ha querido compartir con todos nosotros su trabajo y experiencia en la consulta para enfrentar el perfeccionismo y la inseguridad que éste le genera. Este escrito es uno de sus grandes avances en su terapia psicológica . Seguro que su experiencia puede ayudar a muchas personas. Gracias!
Lo confieso: soy perfeccionista.
La gran mayoría de nosotros nunca llegará a reconocerlo ya que se considerará que está aún muy lejos, a años luz, de ese listón tan alto llamado perfección.
Pero no nos engañemos. La intentamos alcanzar a toda costa, en la mayoría de aspectos de nuestra vida. Y para qué?. Al final, en el camino, acabamos sacrificando grandes cosas de nuestra vida por alcanzar una utopía inalcanzable.
Como esto suena muy filosófico te voy a mostrar un ejemplo con el que, seguramente, te sentirás identificado si sufres de este mal.
¿Cómo se enfrenta un perfeccionista a la realización de una tarea cualquiera?
Para empezar, damos muchas vueltas (más de las que te puedas imaginar) a cómo lo vamos a hacer o llevar a cabo.
Puff, en ese momento empiezas a entrar un poco en pánico, haciéndote un poco de caquita en los pantalones porque te asaltan pensamientos: “Y si no soy capaz?”, “y si no lo hago bien?”, “No puedo hacerlo…”, “Si no lo hago bien prefiero no hacerlo porque paso de hacer el ridículo y quedar como una incompetente o fracasada…”, etc.
Para, para, para. Qué significa hacerlo BIEN?
Para un perfeccionista hacerlo bien significa hacerlo perfecto, sin fallos ni errores. Es que nos estamos poniendo un listón muy alto!!. Es realista que nos obliguemos a hacer algo literalmente perfecto?. No. Que no se nos olvide que ante todo somos humanos y que, además la perfección no existe. Quién es el encargado de decir que algo está bien o perfecto? Cada uno tiene sus criterios y no se puede complacer a todos ellos.
Bien, seguimos con la tarea. Frente a todos esos pensamientos tan bonitos y agradables que nos asaltan; cómo nos podemos sentir?. Que no podemos hacer ni la O con un canuto y que no valemos para nada, entre otras cosas. Ahí es cuando entra en juego la ANSIEDAD, que cuando está muy alta nos puede llevar incluso a paralizar.
Si ante una tarea nos obligamos a que sea perfecta (y para más inri que sea original, sin que nos tenga que ocupar mucho tiempo; preciosa y maravillosa, etc.); la responsabilidad que nos cargamos a nuestras espaldas es enorme.
Tanta autobligación y autoexigencia te acaba asfixiando (nuestra querida ansiedad que nos acompaña durante todo el proceso). “Cómo lo hago? No va a ser suficiente.. No puedo hacerlo!.
Además si le comentas a alguien tus angustias al respecto te dirá: “Pero hombre, ponte y ya está!”. Lo cual nos hace sentir aún más miserables; para lo que a unos les resulta tan fácil, a otros nos resulta una montaña de arena. Nos sentimos bichos raros totalmente incomprendidos.
Obviamente a nadie le gusta la ansiedad, es bastante molesta y desagradable. Y qué vamos a hacer si algo nos genera ansiedad? Evitarlo todo lo que podamos y más.
En los momentos en los que te pongas a hacer la tarea seguramente aparecerán mil y una cosas más interesantes que hacer, más divertidas e incluso te plantearás que habrá otras cosas que tienen más prioridad (aunque en realidad no es así). Incluso, cuando te propongas ponerte a ello, acabarás negociando contigo mismo (craso error!): “Luego lo hago”, “es que no me apetece hacerlo…”.
Cuando se te acaba el plazo de entrega es cuando te enfrentas a ello, de manera obligada por las circunstancias. Ahí te dices: “Venga, que salga como sea, pero me tengo que quitar esta ansiedad, esta agonía, de encima!. Solo quiero que acabe esta tortura..”.
En el fondo, a la vez que piensas esto, te sientes mal contigo mismo porque podrías haberlo hecho mejor! Si no te hubieras “distraído” tanto, si hubieras sido más “responsable” y “constante” no te habría pasado esto.
Al final te das cuenta de que sí eras capaz de hacerlo pero este descubrimiento se ve empañado por la idea de que eres un vago y un irresponsables; que podías haberlo hecho mejor y en menos tiempo y que has sufrido por y para nada, y sobre todo que eres un auténtico desastre y un «pringao».
Para acabar te quedas con una sensación de incompetente e inútil que no hace más que minar cada día un poquito más tu autoestima y tu percepción de competencia.
Una de las cosas que he aprendido al cabo del tiempo es que, cuanto menos me importaba hacer las cosas de forma perfecta, más relajada me sentía y mejores resultados obtenía.
Sé lo que estás pensando, que las cosas seguramente no fueron tan bien, que lo digo por decir.
Pero, sabes qué? Que no ser perfecto, ni buscar la perfección, no significa que no te importen las cosas ni que las hagas con desidia y de cualquier manera. Significa que te quitar el yugo del perfeccionismo que te ahoga cada vez un poquito más, y volver a aprender a respirar, a confiar en tus capacidades, a no tomarse la vida tan enserio y a no valorarse a uno mismo en función de lo que consigas o no en la vida. Sobre todo, a no valorar las cosas en los extremos: si algo no es perfecto es que es una mierda.
Eso nos hace mucho daño y no nos permite disfrutar del camino ni de los procesos que son incluso más importantes, en la mayoría de los casos, que los mismos resultados.
Cambiar esta concepción es también asumir que somos humanos y cometemos errores, como debe ser ya que si no, seríamos máquinas y dejaríamos de lado lo que hace especial y único al ser humano.
No nos olvidemos que de los errores también se aprende. De hecho, mucho más que de los éxitos. Es lo que nos hace más sabios y lo que nos permite adaptarnos mejor al ambiente en el que nos movemos.
Mi consejo: no anticipes cómo de perfectas tienes que hacer las cosas, ni si van a salir catastróficamente mal porque no tenemos una bola de cristal para adivinarlo.
Déjate llevar, confía en ti y en tus capacidades y sobre todo: no negocies contigo mismo!.
Haz las cosas tal cual te salgan, siempre habrá tiempo para modificarlas o mejorarlas. Pero no permitas que el miedo a fracasar, a no hacerlo perfecto, te frene. No dejes que tu máquina de pensar, tu cabeza, te juegue malas pasadas y entre en una espiral que no sirve más que para bloquearte.
Libérate de esas ataduras. Te sentirás mucho mejor y empezarás a disfrutar de las cosas buenas que también te ofrece la vida.










