Las estadísticas dicen que uno de cada tres de nosotros sentiremos ansiedad en algún momento de nuestra vida. Lo cierto es que es algo muy común que podemos experimentar en diferentes situaciones o momentos vitales y en diferente grado.
El componente más llamativo de la ansiedad es el fisiológico, es decir las sensaciones físicas, como por ejemplo la aceleración de pulso cardíaco, el “nudo “ en el estómago, la sensación de ahogo, o la sudoración, entre otras sensaciones corporales.
No obstante, como ya hemos dicho en anteriores post (véase “Cómo influyen nuestros pensamientos en cómo nos sentimos”), también hay un componente cognitivo y un componente conductual. El componente cognitivo implica cómo valoramos la situación, en el caso de la ansiedad si percibimos la situación como peligrosa, amenazante o si nos da miedo. El componente conductual se relaciona con cómo actuamos ante esa valoración y ante esas sensaciones de ansiedad, por ejemplo si me bloqueo, si las enfrento o si escapo o huyo de ellas.
La realidad es que la ansiedad, entendida como activación corporal, es necesaria y adaptativa en niveles moderados ya que, ante un peligro, nuestro cuerpo se prepara físicamente para el ataque y/o la huida. Tiene su origen en el hombre primitivo. El hombre de las cavernas tenía que protegerse de grandes animales y, en esos momentos, síntomas que hoy en día resultan “obsoletos” y poco adaptativos, tenían sentido.
Por ejemplo, la sudoración era necesaria, ya que hacía al hombre escurridizo y más complicado poder agarrarle.
Otros síntomas fisiológicos (físicos) de la ansiedad tienen también su explicación desde el escape o la huida ante un peligro:
los músculos se ponen tensos para correr más rápidos; la sangre se centra en el sistema motor (músculos y articulaciones) y abandona el sistema cognitivo “pensamos menos” ¿Para qué vamos a pensar?, lo importante es escapar del león, lo más rápido posible; el corazón bombea más deprisa para oxigenar a los músculos; respiramos más rápido para facilitar esta oxigenación; se producen cortes de digestión (en casos extremos -ahora no necesitamos comer, sino escapar-); el intestino y la vejiga se vacían -cuanto menos peso, mejor, más ligeros y más velocidad-.
El problema está en que hoy en día no nos enfrentamos a grandes animales, y percibimos (componente cognitivo) otras amenazas, en las que estas sensaciones acaban resultando excesivas y poco adaptivas. Si nuestra activación fisiológica o ansiedad es excesivamente elevada, tendemos a bloquearnos o a intentar escapar o huir del malestar (componente conductual).
Esto sólo nos supone un alivio a corto plazo ya que, a largo plazo, el miedo a la situación (o incluso a nuestras propias sensaciones corporales) aumenta. Esto sucede porque “aprendemos” que son peligrosas y que no somos capaces de manejarlas por tanto, nos van a hacer estar en alerta ante ellas. De ahí la necesidad de trabajar en los tres componentes: cognitivo, fisiológico (emocional) y conductual.
Ciertos niveles de activación, o comúnmente conocido como nerviosismo, en momentos puntuales son normales. El problema viene cuando este nerviosismo se empieza a vivir como demasiado frecuente, demasiado intenso y/o demasiado duradero, hasta llegar a interferir en nuestro día a día.











