“Y si acaba ocurriendo…?”; “Y si luego me arrepiento…?”; “Y si sale mal…?” El futuro, incluso el más inmediato, está lleno de “Y si…” y el ser humano, en general, no es muy amigo de la incertidumbre puesto que, queremos sentir el control en nuestras vidas; sentir que controlamos todo lo que nos pasa, lo que pensamos y lo que sentimos. Pero, cuando el miedo nos paraliza, es él el que está tomando el control de nuestra vida.
Estamos continuamente tomando decisiones, aunque sean pequeñas; de muchas de ellas ni nos damos cuenta pero, hay personas que se cuestionan hasta las más pequeñas decisiones. Se plantean si hacer o haber hecho tal cosa de otra manera hubiera sido mejor, o cómo hubiera sido llenando su cabeza de preocupaciones constantes y haciendo que, muchas veces, no lleguen a tomar decisiones.
El problema reside en que tenemos miedo a las consecuencias y que, muchas de estas consecuencias, a veces no llegan o las sobreestimamos como terribles y catastróficas. La gran mayoría de nuestras consecuencias temidas, en términos de probabilidad de ocurrencia, son bajísimas. Y he ahí uno de nuestros grandes errores cognitivos: confundir la probabilidad con la posibilidad. No es lo mismo creer que algo puede suceder que pensar que algo va a suceder. Pongamos un ejemplo fácil que ilustra esta idea muy bien: no es lo mismo salir a la calle y pensar que me puede caer una maceta encima, que salir pensando que me va a caer la maceta encima. La mayoría de nosotros salimos sin pensarlo si quiera, porque tenemos asumido que nos pueden pasar cosas hasta absurdas (¿Cuál es la probabilidad de que nos pueda caer una maceta encima caminando por la calle?), pero el que sale pensando que le va a caer una maceta encima, paseará angustiado mirando todo el rato hacia arriba, o lo que es peor, intentará salir poco a la calle para no asumir riesgos.
Por otro lado, está claro que en cada decisión, por pequeña que sea, asumimos “riesgos”; es decir, toda decisión tiene consecuencias. Tenemos que trabajar en asumirlas pero sin dejarnos inundar por pensamientos catastróficos. Además, no olvidemos que, el abanico también está lleno de consecuencias positivas que, muchas veces, no valoramos por el miedo. ¿Por qué centrarnos solo en los “y si…” negativos y no en los positivos?
No nos engañemos; no hacer nada (en términos psicológicos conductuales) también es hacer porque, al final, nuestro comportamiento también tiene consecuencias.








