El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera. Alexander Pope
La mentira puede considerarse un mecanismo de defensa inherente a la naturaleza del ser humano. Mentimos cuando sentimos que no tenemos otra alternativa mejor, para quitarnos un problema de encima de forma fácil y rápida, por miedo a hacer daño o a que nos lo hagan, para no quedar mal, para aparentar o encubrir una carencia, o simplemente porque lo queremos todo y no nos apetece renunciar a algo (muy frecuente en las infidelidades en las que se pretende compatibilizar la estabilidad de la pareja con la intensidad emocional que desencadena la relación furtiva).
A veces incluso, nos mentimos a nosotros mismos, incapaces de reconocer algo que nos hace daño y que nos obliga a enfrentar y buscar soluciones. Podríamos enumerar infinidad de razones; sin embargo, la causa implícita en todas ellas es el beneficio que obtenemos a corto plazo; nos alivia, nos saca de un apuro, nos quita el problema de encima.
No obstante (más allá de los criterios morales de cada uno), si fuese tan útil y beneficiosa, no nos complicaría tanto la vida. La mentira tiene una serie de características que la definen como un mecanismo psicológico de protección. En primer lugar, como refiere la frase de Alexander Pope, nos coloca en un círculo de dependencia que atrae nuevas mentiras para poder mantener, “a duras penas”, la primera de ellas. Por tanto, las consecuencias a largo plazo no suelen aportar ese beneficio que se busca inicialmente.
La mentira no tiene edad. Independientemente de la motivación que subyace a ésta, observaremos que la persona estará intentando protegerse. El miedo a las consecuencias, los problemas de autoestima, la falta de asertividad y la deseabilidad social son cualidades que definen con bastante precisión a la persona que miente para “salvarse”.
Veámoslo con unos ejemplos:
Carlos es un niño de 5 años que acaba de coger la Tablet de su padre “a escondidas”. Mientras está jugando con ella, se le resbala y se le cae al suelo. La pantalla se rompe. Carlos sabe que lo que ha hecho no está bien; no ha pedido permiso y con mucha probabilidad, tendrá consecuencias negativas para él.
Cuando su padre le pregunta si ha cogido su Tablet sin permiso y si se le ha caído, Carlos contesta que no. Si tiene un hermano con el que compartir la responsabilidad, tratará de hacer que éste parezca el culpable en un intento desesperado de librarse del castigo que le espera. Cree firmemente que si insiste en este argumento, su padre se convencerá, lo dejará pasar y él habrá conseguido su objetivo. ¿Qué está tratando de hacer Carlos? Sencillamente protegerse de algo malo.
Si su padre le dice: Carlos, no me mientas. Sé que se te ha caído a ti, di la verdad, se verá obligado a reconocer que ha sido él. Se da cuenta de que le han “pillado” y la mentira ya no le parece la mejor solución. No sólo no ha conseguido su objetivo, sino que ahora tendrá dos castigos en vez de uno. En vista de las consecuencias vividas, puede que la próxima vez se lo piense antes de mentir.
Sin embargo, si Carlos consigue convencer a su padre de que él no ha roto su Tablet, aprenderá que la mentira le ha salvado de algo malo y, con mayor probabilidad, volverá a echar mano de esta estrategia para librarse de un nuevo castigo.
Lo mismo le puede ocurrir a un adulto. Luisa es una mujer de 45 años con muchas dificultades para decir “No”. Constantemente se ve envuelta en situaciones en las que lo que ella desea hacer, se contradice con lo que cree que debe hacer. Sus amigas han quedado para cenar, pero ella está muy cansada y no tiene ganas de salir por la noche, preferiría quedar a comer. En lugar de proponer una comida o decir que no le apetece el plan, busca una excusa y miente: “qué rabia, no puedo ir. Tengo otra cena”. El problema no está en el hecho de que Luisa haya mentido a sus amigas, si no en la esclavitud que a ella le supone esta situación. No se está permitiendo ser libre para expresar lo que quiere hacer y lo camufla. No quiere quedar mal con sus amigas ni que se molesten con ella.
Lo mismo le ocurre en el trabajo. Por miedo a decepcionar a sus compañeros, acaba comprometiéndose con demasiadas tareas que finalmente no puede terminar a tiempo. Ante tanta presión “se ve obligada” a tirar de la mentira como solución por no haber puesto el límite desde el principio. La consecuencia final es que su mayor temor se confirma: termina quedando mal con alguien y, además, los otros acaban por no fiarse de su palabra en los plazos de entrega. Luisa siempre tiene alguna excusa.
Tanto en el caso de Carlos, como en el de Luisa, las experiencias previas determinarán la decisión en su próximo intento. Es decir, han aprendido: en función de las consecuencias que obtengamos, la probabilidad de que repitamos esa conducta como una herramienta útil, aumentará o disminuirá.
Todos mentimos, el que diga que no, miente (llamémoslas “mentiras piadosas”). El problema no está en la mentira como conducta, sino en la intensidad, frecuencia y duración con que empleamos este mecanismo y la función (utilidad) que cumple cada vez que hacemos uso de ella. Una persona que ha cronificado la mentira como único recurso, se verá encerrada permanentemente en nuevas mentiras que le supondrán un coste muy elevado a medio largo, plazo.












